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20 de octubre de 2020

Día y noche, miro a mi alrededor

 

Escribe, hija mía,

Vivo en tu corazón. Es un corazón que amo. Mi corazón se revela en ti. Tú me perteneces. ¡Ay, ojalá hubiera muchos, muchos corazones así para consolarme y ayudarme a salvar almas!

Día y noche, miro a mi alrededor para ver si puedo encontrar a alguien que dedique su vida a mi servicio. Estamos en un desierto, hija mía. Te sentiste tan triste cuando visitaste a esa familia y te preguntaste cómo viven familias así. Son tantos los que no ponen a Dios en primer lugar. Creen que todo seguirá igual. ¿Cuánto sufrimiento tiene que padecer la gente antes de llegar al arrepentimiento?

Jesús, lo siento mucho. Quiero ayudarte. Pero también he visto que estas personas solo se preocupan por sí mismas. Jesús, hay tanta gente que padece y no lo haría si te conociera. Pero a tantos nunca se les ha permitido conocerte. Tengo esperanza de que lleguen a conocerte antes de que sea demasiado tarde.

Sí, ya es tarde, hija mía, pero no demasiado tarde. Las almas me son tan queridas, tan queridas. No quiero ni puedo quedarme de brazos cruzados y seguir mirando. Llevo tres años predicando. Contigo puedo lograr mucho. Dame tu «SÍ» una y otra vez. Sé obediente, mantén una sola intención. Permanece en la alegría. Te ayudará a llevar a cabo esta gran obra.

Dios Padre te mira con ternura. Le das una gran alegría. Te lleva cerca de su corazón. Siempre te protegerá. Tus hijos también le son queridos.

Mira a mis sacerdotes. Ellos también necesitan tu ayuda. Se sienten solos y están atrapados en la vorágine de esta comunidad engañosa. Orarás por ellos; te necesitan. Son mis hijos amados.

Jesús

La paloma del Espíritu Santo
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